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Actualidad
Michelle Obama, primera dama: el descanso del guerrero
27/07/2010 14:10:31
Sin lugar a dudas, Michelle Obama no había pensado nunca en que su marido sería presidente de los Estados Unidos. Por tanto, entre sus planes no estaba llegar a ser primera dama. De hecho, por lo que ella y su marido representarían, ser la primera dama afroamericana de los Estados Unidos no estaba entre sus objetivos. Descendiente de esclavos del Estado de Carolina del Sur en épocas previas a la Guerra Civil, Michelle Obama siempre luchó por conseguir el sueño americano: «That, if you work hard, you can achieve what you want to do; that you do what you say that you are going to do» («Que, si trabajas duro, puedes conseguir todo lo que te propongas; que, con coherencia entre palabras y hechos, cumples con tu palabra y llevas a cabo aquello a lo que te has comprometido»), afirmó Michelle Obama en la Convención Nacional Demócrata en la que su marido, afroamericano y de nombre musulmán, iba a ser nominado, elegido, candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Esto sucedió en agosto de 2008; yo fui testigo ocular y pude apreciar que lo que para Michelle ni siquiera había sido un sueño relativamente poco antes, ahora era una realidad acariciada, cercana.
Y, efectivamente, Michelle siempre ha demostrado que, con trabajo y esfuerzo, ha podido conseguir los objetivos que se ha propuesto. De familia humilde proveniente de un barrio pobre de Chicago, estudió en la Universidad de Princeton y obtuvo un doctorado por la Harvard Law School. Ahora es una de las tres primeras damas (junto a Laura Bush y Hillary Clinton) que tiene un doctorado.
Michelle es la expresión de la lucha positiva por conseguir un objetivo elevado: alcanzar la paridad entre hombres y mujeres; conseguir equidad para las minorías; buscar una mayor justicia social y oportunidades para todos. Michelle no es socialista, ni comunista: es norteamericana, demócrata y ama a su país. Desde que su marido hizo público su deseo «of running for President», «de ser candidato a Presidente», a principios de 2007, Michelle ha tenido que luchar con denuedo por demostrar que ella no es una «angry black woman», o «una negra resentida», como la calificaron muchos medios de comunicación, tras su famoso discurso. Conforme Obama iba consiguiendo objetivos en la campaña electoral, ella se mostraba más satisfecha. Un día dijo que, por vez primera en su vida adulta, «se sentía orgullosa de su país». Tuvo que matizar sus palabras. Los medios de comunicación se le echaron encima. La acusaron de antipatriota. Es un cliché, un tópico, pero hay que haber vivido en Estados Unidos para saber la carga de profundidad que lleva consigo la acusación de ser una «angry black woman», «una mujer Afroamericana enfadada»: es resentimiento, es odio racial, es odio social condensado de siglos. Michelle no quería ser identificada con todo eso y tuvo que dar explicaciones. La campaña de Obama emitió una nota informativa en que daba razón de las verdaderas intenciones de Michelle. Evidentemente, las repercusiones electorales negativas que pudieron haber tenido esas palabras de Michelle para la candidatura de su marido hubieran sido desastrosas. Hasta Laura Bush salió en su defensa: «Cuando estás en campaña electoral, todo lo que dices es observado atentamente, y muchas veces distorsionado. Yo no creo que ella quisiera decir que no se sentía patriota u orgullosa de su país». Las diferencias ideológicas entre las dos mujeres son muy grandes, pero Laura quiso echarle un cable a Michelle y ésta, ya primera dama, le ha correspondido de la misma manera.
Cuando Barack Obama estaba a punto de ser elegido candidato presidencial de su partido, Michelle ya pudo afirmar sin tapujos lo que verdaderamente pensaba: que su marido, un afroamericano, pudiera ser candidato y potencial presidente del país más poderoso de la tierra (e, históricamente, uno de los más racistas) era una revolución cósmica de tal magnitud que le hacía sentirse enormemente orgullosa de su nación.
La realidad es que Michelle nunca se ha sentido cómoda con las campañas electorales ni con la carrera política de su marido. Una vez le preguntaron qué es lo que más le gustaba de su participación en las campañas. Su respuesta fue elocuente: «He visitado tantas habitaciones de tantos sitios distintos, que he aprendido mucho de decoración». Sin embargo, «la campaña», la «causa» le exigió que se implicara en la campaña electoral de su marido: que diera discursos, apareciera en los mítines, concediera entrevistas a los medios. Y lo hizo, pero imponiendo sus condiciones: primero, Obama tenía que dejar de fumar.Y Obama cumplió. Y segundo, lo primero es la familia, las dos hijas del matrimonio. De tal manera que la implicación de Michelle en la campaña nunca tenía que poner en peligro la conciliación de la vida familiar con la profesional.
Michelle es una verdadera trabajadora, pero por encima de todo es madre y esposa. En ese sentido, Michelle es el «auténtico descanso del guerrero». Sin ella, Obama tendería a trabajar y trabajar y trabajar, porque le apasiona lo que hace. En el año 2008 dedicándose a la campaña electoral, y en el 2009 y 2010, en la gestión del país, en la presidencia. Ella es la que le recuerda que él también es esposo y padre, y que su familia no debe sufrir como consecuencia del trabajo del marido. Michelle no es sólo role model, o un modelo a seguir, para muchas mujeres norteamericanas (trabajadoras, afroamericanas, blancas, hispanas, esposas, madres, etc.). Es también brújula para su marido, de manera que Barack Obama no pierda nunca el rumbo. Ella es la que se encarga de recordarle que en la Casa Blanca están de paso: no es su residencia permanente. Su hogar de verdad está en Chicago (Illinois).
En esto la actitud de Michelle, de los Obama en general, contrasta enormemente con la de los Clinton. Éstos, hasta cuando dejaron la Casa Blanca se llevaron los muebles. Evidentemente, tuvieron que devolverlos, y pagar además una multa por llevárselos. Tal era su apego por la Casa Blanca. Más aún, ocho años después de que Bill Clinton dejara de ser presidente, Hillary reivindicaba: «now, it’s my turn»; el famoso «ahora me toca a mí». El principal enemigo de la candidatura de Obama no fue John McCain, al final del camino, sino Hillary, al principio. El enfrentamiento entre matrimonios (la dinastía o «franquicia», como la denomina David Plouffe, director de campaña de Obama, en su recientemente publicado «The audacity to win» o «La audacia para ganar» 2009), los Clinton y los Obama, pudo haber acabado en una seria escisión del Partido Demócrata. Los Clinton reivindicaban lo que, entendían, era suyo, les pertenecía por derecho propio. Los Obama querían un cambio radical: de nombres, de caras, de políticas, de dinastías, de color...
Las críticas de Hillary y de Bill Clinton a los Obama fueron despiadadas durante la campaña electoral del 2008. Sentían que la presidencia (que finalmente hubiera sido suya de no haber existido Barack Obama) se les escapaba de las manos a favor de un auténtico desconocido. Hace escasamente nueve años, Obama no tenía apenas dinero. Según el semanario británico «The Economist», «no le concedían tarjetas de crédito porque no tenía suficientes activos». En vísperas de la campaña presidencial, Obama, autor de dos libros autobiográficos («Dreams of my father» o «Sueños de mi padre» y «The audacity of hope» o «La audacia de la esperanza») y senador por Chicago, ingresaba (según la Hacienda pública norteamericana denominada Internal Revenue Service o IRS) casi un millón de dólares al año. Ya no era tan pobre. Y, además, ya no era un desconocido: por el contrario, se convirtió en una celebridad que incluso amenazaba con apartar de su lugar en la Historia el legado del anterior presidente demócrata, Bill Clinton.
Michelle no ha sido ajena a la polémica, durante los dos últimos años. A Hillary Clinton (¡qué tontería!) la criticaban continuamente por su forma de peinarse. A Michelle le echan en cara que acude a algunos de los diseñadores de moda más caros y famosos de Nortemérica. Algunos, en clave positiva, la comparan con Jackie Kennedy. Otros, críticos, la asemejan a Nancy Reagan.
La realidad es que Michelle reivindica ser ella misma. Esto ha significado, en este primer año largo de mandato presidencial de su marido, identificar su labor como primera dama con tareas que, alejadas de la gestión del Gobierno («I am not a senior political advisor», o «mi papel no es el de ser una asesora política del presidente», ha dicho en varias ocasiones), procuran ser útiles a la sociedad. Michelle Obama, más que ninguna otra primera dama antes de ella, procura estar cerca de causas sociales (de las familias, de los desfavorecidos) y de los militares. ¿De los militares? Estados Unidos es un país en guerra. Más allá del coste económico de las guerras de Irak y de Afganistán (que el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz cifra en tres trillones de dólares, solamente en el caso de la guerra de Irak), existe el coste humano, familiar, social, de tres millones y medio de norteamericanos que experimentan de cerca el drama de la guerra. Tan sólo los tontos, los ignorantes, encuentran gloria en la guerra. Sufrimiento, dolor, pérdida, heridas, es lo que se experimenta. Michelle quiere estar cerca de las familias que tienen soldados en las guerras en que Norteamérica está aún involucrada. Dar aliento y esperanza. También en esto, Michelle es el descanso del guerrero.
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